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lunes, 1 de octubre de 2007

Conjunto 1: Nacimiento y crianza. (2)


Libro Cuarto

“-Al escoger y educar a los soldados, nuestro propósito fue el de que adquirieran en tinte indeleble de las leyes y de que sus almas bien nacida y educadas tuvieran un firme criterio sobre las cosas que han de temerse y sobre todo lo demás, y que ningún detergente pudiera borrarlo, ni el placer, que suele producir efectos mayores que el jabón cáustico, ni el temor, el dolor y la pasión.”

“...cada cual debe tener una sola ocupación en la ciudad, ocupación para la cual su naturaleza lo haya dotado más convenientemente.”

Libro Quinto

“...¿Es posible utilizar dos animales para las mismas cosas sin darles la misma crianza y educación?
-No es posible.
-Por lo tanto, si empleásemos a las mujeres en las mismas ocupaciones que a los hombres, preciso sería enseñarles igualmente la música y la gimnasia y el arte de la guerra, y tratarlas del mismo modo que a los hombres... proponemos... examinar... si las mujeres son capaces por naturaleza de participar en todas las tareas de los hombres o en ninguna de ellas... Al sostener que las naturalezas que no son iguales no deben dedicarse a las mismas ocupaciones...”

“...es necesario que las mujeres y los hombres mejores tengan relaciones asiduas y que, por el contrario, estas relaciones sean poco frecuentes entre los individuos inferiores de uno y de otro sexo; es preciso, además criar a los hijos de los primeros y no de los segundos, si queremos que nuestros ciudadanos sean de la mejor calidad posible.”

“... los hijos, a medida que vayan naciendo, estarán a cargo de instituciones por instituciones formadas por hombres o mujeres, o por hombres y mujeres reunidos, pues las tareas con comunes, creo yo, al uno y al otro sexo... Llevarán a los hijos de los mejore a un sitio común y los confiarán a nodrizas que vivirán en un barrio determinado de la ciudad. Los hijos de los individuos inferiores e igualmente los de los otros, si nacen con alguna deformidad, serán ocultados en algún lugar secreto e incierto.”

Libro Séptimo


“...no violentes a los niños en las enseñanzas; antes bien, procura que se instruyan jugando, para que puedas conocer mejor las disposiciones naturales de cada uno... Ahora bien, a partir de los veinte años, aquellos a quienes seleccionemos por su disposición natural, obtendrán mayores distinciones que los demás...”
Analía Motos

Fragmentos de La República de Platón. (1)


Conjunto 1: Nacimiento y crianza.

Libro Segundo

“...procurarán tener el número de hijos proporcionado al estado de su fortuna, para evitar las incomodidades de la pobreza o la guerra.”

“...todo depende del comienzo, sobre todo tratándose de los niños, porque en esta edad su alma, aún tierna, recibe fácilmente todas las impresiones que se quieran.”

“...que esté entre manos de cualquiera contar indiferentemente toda clase de fábulas a los niños, y que su alma reciba impresiones contrarias en su mayor parte a las ideas que queremos que tengan en una edad más avanzada... no debe consentirse.”

Libro Tercero


“Si nos atenemos al principio que establecimos al comienzo, o sea que nuestros guardianes deben entregarse por completo a defender la ciudad, no haga o imiten ninguna otra cosa. Hay una manera de expresarse y relatar de que se sirve todo hombre de bien cuando tiene algo que decir; y otra del todo diferente que emplea en sus relatos aquél que por naturaleza y educación es contrario al hombre de bien.”

“Después de la música, la educación gimnástica ha de formar a los jóvenes. Es necesario, pues, que en la infancia y durante el curso de su vida sean educados cuidadosamente por ella. He aquí, a mi juicio, el método que debe seguirse: No creo que el cuerpo, por bien constituido que esté, domine por su perfección al alma buena; por el contrario, creo que el alma cuando es buena, imprime al cuerpo, como un efecto de su propia excelencia, toda la perfección de que es capaz.”

“...hay, pues, que probarlos desde la infancia, obligándolos a desempeñar aquellas actividades que más fácilmente puedan. toda la educación e instrucción que han recibido de nosotros y cuyos efectos han creído sentir no era otra cosa que un sueño y que en realidad han sido formados y educados en el seno de la tierra, ellos, sus armas y cuanto les pertenece, y que después de haberlos enteramente formado la tierra, su madre los ha dado a luz, por lo que ahora deben considerar la tierra que habitan como su madre y nodriza y defenderla si alguien la ataca, y considerar también a los demás ciudadanos como hermanos que han surgido, a semejanza de ellos, del seno de la tierra.”

“Como todos tendía un origen común, vuestros hijos serán semejantes a vosotros. Peor puede suceder que de un ciudadano de la especie del oro proceda un vástago de la especie de plata, o que uno de la especie de la plata tenga un descendiente de la del oro, y que lo mismo ocurra con los dos metales restantes. Ahora bien, el dios ordena todo y obre todo a los gobernantes que presten especial atención al metal con que se haya forjado el alma de sus descendientes, y si sus propios hijos tuvieran alguna mezcla de bronce o de hierro deben, pues, los gobernantes sin honrarlos más de lo que conviene a su naturaleza, obrar sin conmiseración y relegarlos a la condición de los artesanos o labradores; por el contrario, si de éstos nacen hijos con mezcla de oro o de plata, elevarlos en el primer caso al rango de los destinados a guardianes de la ciudad, y de auxiliares en el segundo, porque hay un oráculo según el cual la ciudad perecerá cuando sea guardada por el hierro o el bronce.”

Analía Motos

domingo, 9 de septiembre de 2007

El cuerpo y la sociedad (Segunda parte)

Acerca de los niños y su crianza
Los siguientes párrafos representan recortes que aluden a la presencia de ciertas prácticas en un momento en que el cristianismo había comenzado a alcanzar cierto grado de vida pública.
Hermas había sido liberto antes de convertirse en profeta cristiano. Él y su esposa trataron de vivir en castidad como consecuencia de la renovada vocación visionaria que lo había conducido a componer el Pastor. Su impulso moral buscaba alcanzar y exhortar a otros a que lo hicieran, un estado de sencillez infantil. El término que usa Brown es nepiotés y lo define como piedra angular del conjunto de ideas morales que tenían gran importancia dentro del conjunto de familias cristianas. La idea de Hermas apuntaba al niño que aún no había alcanzado la pubertad, que era “inocente” de “corazón sencillo”, “carente de malicia”, niño que se convertiría en “hombre luminoso y la Iglesia cristiana estaría compuesta de hombres así como el mismo Hermas deseaba ser.
Pablo de Tarso, quien se consideraba apóstol revelado por el mismo Jesucristo, afirmaba que el reino era accesible a la totalidad de los paganos, a los “gentiles”, a las personas que no habían sido circuncidadas. Pablo alegaba “que ni la circuncisión es nada ni el prepucio (de los gentiles), sino la nueva criatura.
Se consideraba que los niños eran insensibles a la vergüenza sexual de los adultos, y del mismo modo, a la necesidad de vestimenta de los adultos, todavía no estaban totalmente incorporados a la estructura de la sociedad adulta.
El bautismo de los niños se presentaba como un rito de eficaz desexualización, los iniciados jóvenes y adultos entraban desnudos a la pila bautismal, la ropa “sexualizaba” el antiguo cuerpo, junto a la pila bautismal eran como niños pequeños. El agua fría anulaba el fuego caliente que se había recibido en el nacimiento.
En el capítulo “De Pablo a Antonio” se especifica que los profetas iniciaban su vocación siendo personas entradas en años, conocidos por la comunidad cristiana, tenían hijos engendrados por ellos que habían criado como cristianos, cuidaban de su familia y de su fortuna personal, no eran peregrinos ni ermitaños.
La religión influyó en los modos de crianza porque se convirtió en una religión de jóvenes, de manera que para las familias cristianas ya no era el padre el encargado de “guardar” a sus hijas en estado virginal para el futuro matrimonio. El niño prepúber llegó a ser presentado como el guardián de su propio cuerpo. Vemos entonces, una autorregulación con respecto a las prácticas sexuales ya que era el propio niño quien elegía guardar su propia carne como virgen a través de votos de continencia perpetua.
El capítulo 11 “Ascetismo y Sociedad” expone la idea del desierto como mito liberador, delimitaba la presencia imponente del “mundo” del que el que el cristiano debía librarse subrayando una frontera ecológica. A modo de “contramundo” representaba un lugar donde podía desarrollarse una ciudad alternativa. Los grandes monasterios surgieron como aldeas alternativas, surcadas de murallas protectoras. Dado que los monjes estuvieron cada vez más implicados en el mundo habitado, como árbitros privilegiados de los grandes, como consejeros espirituales, la desconfianza sexual se concentró en los bordes del desierto.
La sensación de peligro sexual que acechaba los cuerpos de los monjes, era mucho más pesada en los novicios. Estos provenían, bien empujados hasta allí por sus padres por el hambre o habiendo sido donados a los ancianos como ex votos humanos. Los ricos tendían a negar al desierto su prole sana y talentosa, mientras que reservaban a los mejores para el matrimonio.
Muchos dirigentes de la vida en el desierto habían llegado allí en estado de madurez por lo que la sexualidad no desempeñaba un papel demasiado importante en la visión de sí mismos; dado que eran personas con firmes papeles sociales, sus pecados provenían de la voluntad (cólera, orgullo, sensibilidad a la posición social). En cambio, los monjes jóvenes, sin perfil social claro, no eran más que sus propios cuerpos vigorosos, por lo que su asimilación a la vida del desierto tenía que adoptar la forma de una disciplina de marcado carácter sexual.
El código de conducta para los novicios era meticuloso. La vida en la celda implicaba un conjunto de prácticas como, por ejemplo, cargar la bolsa de los visitantes, ceder el paso, sentarse con los visitantes, en constante vigilancia en razón de la sexualidad que se ocultaba en su interior:
“La trampa que el demonio tiende a la humanidad, especialmente a los jóvenes, es el cuerpo. Acostumbra tus ojos a no
mirar nunca el cuerpo de ninguna persona, ni siquiera, si es posible, el tuyo propio.
Nunca digas a nadie: Coge la sabandija que tengo en la barba.”
Prácticas fuertemente prescriptivas acerca de la “entrada al mundo” de estos jóvenes se detallan en este capítulo:
“ Con las rodillas juntas, las túnicas cubriendo los pies, los cinturones bien apretados para impedir que las manos se extravíen durante la noche, los jóvenes monjes entraban al mundo con los ojos bajos, teniendo cuidado en no comer nunca en compañía de ninguna mujer.”
En el mismo capítulo, Brown describe a las vírgenes de la Iglesia como muchachas jóvenes casaderas, con amor hacia la idea de la virginidad que permanecía latente en el fondo del corazón de todos los niños cristianos que actuaban sin libertad. La familia decidía la suerte de las jóvenes, ser “esposa de Cristo” era ser ex voto humano, ya no seguía siendo una mujer. Los parientes tomaban la decisión en función de conseguir alguna ventaja material. La madre podía también cambiar el voto, decidía casar a la hija y ofrecer a Dios el voto formal de mantenerse viuda. El autor cita a John Boswell y Cynthia Patterson señalando que los niños varones considerados útiles, se entregaban a amigos para que los criaran. Existía un paso muy pequeño entre dar los hijos a un amigo y consagrarlos al monasterio local.
En el capítulo “De Ambrosio a Agustín” el nacimiento virginal de Cristo aparece acompañado de la noción de inmaculado, sin cicatrices de la relación sexual. Contrapuesto con el nacimiento humano y la concepción que estaban asociados a una serie de manchas, de contagio: estas manchas indicaban la índole antiespiritual del coito. También el bautismo infantil en las iglesias se consideraba parte del contagio.
En relación al cuerpo, Brown advierte la consternación que su indeterminación producía. El cuerpo de los hombres jóvenes ya no podía disfrutar del ludus, período bisexual que se permitía antes de que la sociedad pusiera al joven en el lugar de estadista casado. El cuerpo se consideraba un templo, las relaciones sexuales se limitaban a la función de engendrar hijos con personas del sexo contrario.
Los hijos, ya no se hallaban en zona neutral aguardando que la familia decidiera si eran relevantes o no para la sociedad. Temas como la anticoncepción, el aborto y la exposición de los hijos quedaban condenados.
En el siglo VI, el antiguo derecho del padre romano a decidir si deseaba aceptar o no el hijo recién nacido se mencionaba como una costumbre pagana. La vida conyugal se vio influenciada por la importancia dada al papel de Dios en la formación del hijo en la matriz. Se consideraba que el acto sexual escapa al control racional y quizá esto lleva a rechazar la fantasía de una sexualidad eugenésica. Se creía que aquellos que copulaban los días de abstinencia, engendrarían leprosos y epilépticos.
En tiempos de Agustín, las costumbres contra las que tenían que luchar los hombres y las mujeres jóvenes, en Roma y en el sur de Italia, eran las creadas por la posesión de una enorme riqueza, por el peso aplastante de las expectativas sociales, y por la avaricia y la crueldad ligadas al ejercicio del poder. Este era un ambiente muy distinto del mundo en que se había educado Agustín, quien dedicó mucho tiempo de su vida a defender el punto de vista de que las relaciones sexuales eran una “sombra en miniatura de la muerte”.
La confirmación de los vínculos ideales entre la madre y el hijo (en clara alusión a Cristo y a María) afectaba particularmente a una sociedad que ya no se consideraba una asamblea de ciudadanos, sino un conglomerado de familias devotas, compuestas de madres, padres e hijos cristianos.
Ana María Aspe y Susana Da Luz

jueves, 30 de agosto de 2007

Resumen de Nacimiento y crianza en el Imperio romano (Ana María)

Nacimiento y crianza en el Imperio romano[1]

Nacimiento y adopción
El nacimiento de un romano no se limitaba al hecho biológico. Eran aceptados en sociedad por una decisión del jefe de familia. Existían dos formas de tener hijos: engendrarlos o adoptarlos. Estas prácticas evitaban la extinción de la estirpe y permitían convertirse en padre de familia que era una exigencia para los candidatos a los honores públicos y al gobierno de las provincias. El que venía al mundo se convertía en hijo si el padre aceptaba tomar, levantar al recién nacido del suelo- donde era colocado inmediatamente luego de salir del vientre materno- y reconociéndolo rehusaba así a exponerlo.
Otra estrategia dinástica era la adopción, el niño adoptado tomaba el nombre de la familia de su nuevo padre.
El presunto instinto materno o paterno era inducido por la moral vigente que enseñaba a los padres a amar a sus hijos como continuadores del nombre familiar y del prestigio de la estirpe.
La criatura que su “padre” no hubo levantado, sería expuesta en la puerta del domicilio o en los basureros públicos. Tanto la exposición como el ahogo de los recién nacidos eran prácticas “racionales”, según Séneca, era “necesario separar lo bueno de lo que no sirve para nada”. Raramente sobrevivían. Era una práctica común debido a la pobreza de unos y a política matrimonial y patrimonial de otros destinada a solucionar problemas testamentarios. Dado que el padre tenía la prerrogativa de decidir la cuestión testamentaria y cada hijo que nacía rompía el testamento preestablecido, muchas veces se los exponía para no tener que desheredarlos antes de que nacieran.
El autor plantea que los pobres de entonces, a quienes compara con la clase media de nuestra época, exponían a los que no podían criar para no verlos echados a perder por una educación mediocre que los haría inaptos para la dignidad y cualidades excelentes correspondientes a un ciudadano romano. Los campesinos acogían y consideraban “hijos” suyos a los hijos que otros campesinos no podían alimentar, generalmente se convertían en esclavos de sus educadores y con el transcurso del tiempo en libertos.
Los hijos tenidos con una esclava no podían reconocerse, lo impedía el derecho, tampoco adoptarlos, sí darles la libertad.
Los bastardos adoptaban el nombre de la familia de la madre, no existían la legitimación ni el reconocimiento de la paternidad por lo que no tuvieron participación social ni política en la aristocracia romana.
No sucedía lo mismo con los libertos, ya que los hijos de sus antiguos esclavos, tomaban como nombre de familia el del amo que los había liberado, continuando su estirpe.
Funcionaba la vos del nombre familiar y no la vos de la sangre. Así las adopciones y el ascenso social de los libertos compensaban la débil reproducción natural.


Crianza y Educación: Desde el nacimiento hasta la pubertad nodriza y pedagogo (criador, nutridor) tenían a cargo la educación de los hijos de las familias acomodadas. Nodriza, pedagogo y hermano de leche constituían una vicefamilia, vivían con ella pero cenaban con sus padres e invitados, ya que la cena tenía un aspecto ceremonial. La vicefamilia estaba a cargo de una mujer vieja y severa, por lo general la abuela paterna, a quien se confiaba toda la progenitura. Ella reglamentaba sus estudios, juegos, obligaciones. Las abuelas paterna y materna tenían roles bien diferenciado La moralidad de la época planteaba que si los niños se criaban con los padres recibirían lecciones de “molicie”, por lo que el fin teórico de la educación tenía como objetivo adquirir la energía necesaria para resistir al vicio, para templar el carácter.
La crianza y educación deban cuenta de las ideas sobre la naturaleza del niño. Séneca afirmaba que “la severidad de los padres frente al carácter dúctil de los niños, favorece que aprendan lo que les beneficiará”. Se practicaba una ortopedia del cuerpo infantil .Se los fajaba estrechamente para que el cuerpo inmaduro y deforme se desarrolle correctamente, y luego se les inculcaba la cultura propia de los hombres libres, aplicando el recurso al miedo cuando fuera necesario, con el objetivo de fortalecer la “musculatura del carácter”. Un niño bien educado sólo dirige la palabra al padre. Hay una gran distancia entre padres e hijos.
A los doce años se separaban los varones de las mujeres, así como los ricos de los pobres, división que representaba una transmisión de signos. Los varones abandonaban la enseñanza elemental y a los catorce se afeitaban el bozo y abandonaban la vestimenta infantil. Si eran de familias acomodadas continuaban estudiando con un profesor de gramática, a los clásicos y mitología. Las chicas a esa edad ya estaban en edad núbil y a los catorce ya eran adultas. A veces su padre les ponía un preceptor, pero generalmente eran destinadas al aprendizaje de la cultura del entretenimiento, canto música y danza.
Un sentimiento de distancia separaba a los “bien nacidos” de sus inferiores. La cultura y la educación moral marcaban esa distancia. La educación confiaba al niño a la ciudad y no a la escuela. El cuerpo era una manifestación de un adecuado comportamiento.
En la adolescencia la educación tenía como fin embellecer el espíritu, cultivarse en las bellas artes, adquirir prestigio.
La educación monástica que sobrevendría a fines del siglo IV pondrá en cuestión el papel de los espacios públicos (foro) como lugar fundamental de socialización de los jóvenes varones.
No existía la mayoría de edad legal, no se hablaba de menores, sino de impúberes. El padre tenía derecho sobre la vida del hijo. Ser hijo era una forma de servidumbre que finalizaba con la muerte del padre. No podían liberar a un esclavo, ni testar, ni hacer carrera sin el consentimiento de su padre. Sólo eran dueños de un peculio exactamente igual al de un esclavo. Los únicos romanos que eran personas con plenos derechos eran los ciudadanos libres, huérfanos o emancipados, padres de familia casados o no, y dueños de su patrimonio, al que sólo accedían con la muerte del padre.



Bibliografía consultada
Veyne, Paul, (1990), “El Imperio Romano” en “Historia de la vida privada. Imperio romano y antigüedad tardía” ,Ariès Philippe y Duby,G, directores, tomo I Ed. Taurus, Argentina

[1] El presente comentario abarca aspectos de la vida privada del imperio romano durante el paganismo y abarca dos siglos antes de la llegada del cristianismo