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lunes, 1 de octubre de 2007

“Extrañamiento del Mundo” de PETER SLOTERDIJK


Comentario del capítulo II ¿Adónde van los monjes?


1-Metoikesis-cambio de morada del alma.

No merece la pena demorar el curso del destino aceptado porque para el filósofo, él maestro en morir, las cosas corporales no invitan a la eternidad.
La expresión METOIKESIS significa traslado, es una metáfora de movimiento que deja entrever una tesis sobre el modo de ser del hombre, es decir: el hombre es el animal abocado al cambio de domicilio, de morada. El hombre es movedizo, es existencia de tránsito, y esas formas de movimiento marcan la forma de vida humana de principio a fín.
Aquí el sustrato susceptible de traslado que cambia de domicilio al morir es el alma, y ese traslado a otra forma de estar en sí, entendido como una última metamorfosis hace referencia a la movilidad de la existencia humana.
Eso que se muda “de aquí a allá” lo hace entre diversos estados físicos o dimensiones del ser, con una irreductible dinámica de cambio.
La venida al mundo representa un caso de metoikesis y, en consecuencia, los hombres deben ser entendidos como seres nacientes, vivientes, entrantes, reconocidos como animales que se trasladan y cambian de elemento.
“Traslado de morada es la característica que aparta a los hombres de la generalidad de las formas animales”. Los hombres evolucionan, son animales problemáticos que mediante los movimientos de búsqueda tratan de hallar la posibilidad de huída del mundo.
Existe un humano potencial de traslado.
La historia se entiende como el desarrollo de la lucha por el verdadero lugar y elemento de la vida humana.

2- El Principio – Desierto.

Anacoretismo y monacato son prácticas del autotraslado al “otro elemento” que comienzan a imponerse a las almas bajo el singular Dios (s IV al VII).
Las comunidades monacales no fueron posibles ni necesarias hasta una época en la que el hombre precisó desarrollar culturas de separación del entorno. Es la época de la transición de las sociedades paganas al monoteísmo imperial.
La revolución anacoreta muestra que la cristianización de masas se logró gracias a que los grandes maestros de la mortificación demostraban que esfuerzos se necesitaban para convertir las almas.
Los anacoretas y monjes que comienzan a poblar los desiertos realizaban un traslado audaz: pues se elevaban de las formas de vida mundana a lo diverso, al elemento llamado Dios.
El éxodo al desierto es el éxodo al elemento hostil al hombre, se realizaba para probar en, o, contra el propio cuerpo todo lo que podían soportar para estar con Dios. Allí se pone a prueba el anhelo de trasladarse del todo a Dios. El deseo de estos monjes era detener la corriente del venir-al- mundo creador de frivolidades, dejar de ser hombres mundanos y convertirse en hombres divinos.
El mundo es el compendio de intereses, viene a ser todo aquello que hace resistencia en el cortocircuito Dios-alma.
Ser-en-el- mundo tiene el sentido de cumplir el tiempo del rodeo a través del elemento que produce adhesión y obligación.
Venir-al-mundo puede interpretarse como la ocupación del exterior, vivir en el mundo significa abismarse a los quehaceres mundanos.
El interés es evitar que el mundo interfiera entre Dios y el alma, así pues quien va al desierto escoge el espacio que le es más apto que ningún otro para minimizar el mundo desde un lugar mundano, es el lugar menos propicio para la vida por eso es el menor de los males.
En el desierto se experimenta el casi-no-ser real que no reclama ningún interés para sí, es un espacio de proyección para la escenificación del alma. La alianza con el desierto es como un modo de transito mediador que tiende a cero, es como un pacto enemigo del crecimiento (característica mundana por excelencia), pues donde no crece nada se desarraiga el devenir erróneo. De ahí que la virtud de los sabios es desafiar al desierto. “El desierto no es más que otro nombre para la sombra del mundo en la que se encuentran los hombres, a partir del hecho de que no quieren interpretar ni transformar el mundo, sino abandonarlo”.

3-La Desviación Occidental.
Huída del Mundo Hacia adelante.

Al cabo de una serie de pasos que se pueden interpretar como una retracción consecuente del extremismo anacoreta, se observa una compleja civilización occidental que consiste en una negativa al principio – desierto.
Tres de esos pasos son: “el receso de los solitarios en beneficio de las comunidades monacales, el reforzamiento de la dimensión trabajo en la regla occidental, el monacato protestante y la proscripción de la vida contemplativa mediante la sociedad de producción burguesa moderna”.
“Los contemporáneos del siglo XX entienden la expresión “huída del mundo” como un síntoma de enfermedad”.
A Partir de la Revolución Francesa ya no se precisa creer en la necesidad de monasterios, pues ya no se recuerda en contra de qué se debiera cimentar algún día el mundo moderno.
En esta sociedad secular parece perder su sentido la pregunta de adónde van los monjes.
“El Occidente moderno no tiene monjes, y los últimos monjes no tienen desierto”, es decir, los monasterios ya no tienen una presencia significativa porque no poseen la capacidad de representar a esta época.
Una de las conquistas de la modernidad es la soberanía de la mundanidad, “el mundo es todo lo que se puede ser”.
“La modernidad es la época de los media, de la comunicación y de la automediación”. La mundanidad se basa en la dinámica de la comunicación absoluta, en la movilización permanente.
“En la época de la comunicación absoluta, la unidad y la autonomía del mundo dependen de la universalidad e ininterrupción de la corriente mediadora”.
“La lengua universal es el materialismo mediático”.
Pero esto también produce efectos indeseados, ya que hasta los más potentes comunicadores están expuestos a los sentimientos de irrealización y a un mundo que considere poco aceleradas las velocidades inhumanas.
Pero, “por todas partes, hace carrera la lentitud como equivalente funcional de la trascendencia; presenta el atractivo de evitar el fastidio de tener que soltar sermones masivos sobre Dios y el alma ante un distinguido público”.
Hoy se piensa en los conceptos Dios – alma “a modo de teoría de las catástrofes: como desconexión de la red, interrupción de la mediación”.
Hoy “alma es lo que no sirve de mediación…existen sólo en tanto se ven obligadas a dar noticia de sí ante el riesgo de su perdida” (¿en la modernidad, las almas irrumpen ante la perturbación?)
En la modernidad la pregunta del principio del capitulo debería plantearse como: ¿qué va a ser de los monjes frustrados? O ¿qué hacen los monjes en una época sin monasterios? ¿Adónde se orientan ahora los impulsos fugitivos del mundo?
Una de las tesis (con tendencia de diagnóstico cultural) plantea que el potencial de huída abriría nuevas rutas, pero estas serían, a su vez, “una huída del mundo a hacia el mismo mundo”. “En tanto es inherente a todo lo moderno un rasgo básico de mejora”.
“La negatividad concreta que nace del mismo mundo se recicla, a su vez, en la posibilidad de un mundo venidero positivo”.
“L a insatisfacción instruida, dice Bloch, es motor de la historia”, la huída del mundo se reemplaza con la dinámica de progreso.
La otra tesis (con tendencias antropológicas) “aventura una universalidad del factor monástico”, se habla de “un arquetipo universal de monje”. Aquí no se pierde el potencial monástico y la huída del mundo se reconvierte en celebración del mundo.
Al autor “no le parece plausible entender el fenómeno del monje como metáfora, local y provisional, de un problema capital acósmico todavía no conceptuado”. La pregunta inicial debiera reformularse radicalmente y ya no hablar de monjes, sería: ¿Cómo se manifiesta la acosmisidad humana en la modernidad? ¿Cómo se organizan, hoy, las fuerzas dirigidas al traslado de morada? ¿Qué va a ser de los impulsos del animal polivalente a marcharse y a salir de la ruta sin las vías anacoretas o monásticas?
Hoy la musicalización mediática inunda lo último de interioridad libre, y con su intensidad reemplazó al desierto.
En la modernidad el desierto se ha perdido y el refugio monacal se halla clausurado.
“Distanciamiento del mundo es el mínimo común denominador de sociedad poliescapista”. “En una época sin monjes tienen que buscarse otras salidas”, salidas que contradigan a la burguesía, al atacarse con contenidos que proporcionan el propio hartazgo ininterrumpido, salidas que busquen el “enriquecimiento en la ampliación del espacio interior”.

Laura V. Verón

domingo, 9 de septiembre de 2007

El cuerpo y la sociedad (Segunda parte)

Acerca de los niños y su crianza
Los siguientes párrafos representan recortes que aluden a la presencia de ciertas prácticas en un momento en que el cristianismo había comenzado a alcanzar cierto grado de vida pública.
Hermas había sido liberto antes de convertirse en profeta cristiano. Él y su esposa trataron de vivir en castidad como consecuencia de la renovada vocación visionaria que lo había conducido a componer el Pastor. Su impulso moral buscaba alcanzar y exhortar a otros a que lo hicieran, un estado de sencillez infantil. El término que usa Brown es nepiotés y lo define como piedra angular del conjunto de ideas morales que tenían gran importancia dentro del conjunto de familias cristianas. La idea de Hermas apuntaba al niño que aún no había alcanzado la pubertad, que era “inocente” de “corazón sencillo”, “carente de malicia”, niño que se convertiría en “hombre luminoso y la Iglesia cristiana estaría compuesta de hombres así como el mismo Hermas deseaba ser.
Pablo de Tarso, quien se consideraba apóstol revelado por el mismo Jesucristo, afirmaba que el reino era accesible a la totalidad de los paganos, a los “gentiles”, a las personas que no habían sido circuncidadas. Pablo alegaba “que ni la circuncisión es nada ni el prepucio (de los gentiles), sino la nueva criatura.
Se consideraba que los niños eran insensibles a la vergüenza sexual de los adultos, y del mismo modo, a la necesidad de vestimenta de los adultos, todavía no estaban totalmente incorporados a la estructura de la sociedad adulta.
El bautismo de los niños se presentaba como un rito de eficaz desexualización, los iniciados jóvenes y adultos entraban desnudos a la pila bautismal, la ropa “sexualizaba” el antiguo cuerpo, junto a la pila bautismal eran como niños pequeños. El agua fría anulaba el fuego caliente que se había recibido en el nacimiento.
En el capítulo “De Pablo a Antonio” se especifica que los profetas iniciaban su vocación siendo personas entradas en años, conocidos por la comunidad cristiana, tenían hijos engendrados por ellos que habían criado como cristianos, cuidaban de su familia y de su fortuna personal, no eran peregrinos ni ermitaños.
La religión influyó en los modos de crianza porque se convirtió en una religión de jóvenes, de manera que para las familias cristianas ya no era el padre el encargado de “guardar” a sus hijas en estado virginal para el futuro matrimonio. El niño prepúber llegó a ser presentado como el guardián de su propio cuerpo. Vemos entonces, una autorregulación con respecto a las prácticas sexuales ya que era el propio niño quien elegía guardar su propia carne como virgen a través de votos de continencia perpetua.
El capítulo 11 “Ascetismo y Sociedad” expone la idea del desierto como mito liberador, delimitaba la presencia imponente del “mundo” del que el que el cristiano debía librarse subrayando una frontera ecológica. A modo de “contramundo” representaba un lugar donde podía desarrollarse una ciudad alternativa. Los grandes monasterios surgieron como aldeas alternativas, surcadas de murallas protectoras. Dado que los monjes estuvieron cada vez más implicados en el mundo habitado, como árbitros privilegiados de los grandes, como consejeros espirituales, la desconfianza sexual se concentró en los bordes del desierto.
La sensación de peligro sexual que acechaba los cuerpos de los monjes, era mucho más pesada en los novicios. Estos provenían, bien empujados hasta allí por sus padres por el hambre o habiendo sido donados a los ancianos como ex votos humanos. Los ricos tendían a negar al desierto su prole sana y talentosa, mientras que reservaban a los mejores para el matrimonio.
Muchos dirigentes de la vida en el desierto habían llegado allí en estado de madurez por lo que la sexualidad no desempeñaba un papel demasiado importante en la visión de sí mismos; dado que eran personas con firmes papeles sociales, sus pecados provenían de la voluntad (cólera, orgullo, sensibilidad a la posición social). En cambio, los monjes jóvenes, sin perfil social claro, no eran más que sus propios cuerpos vigorosos, por lo que su asimilación a la vida del desierto tenía que adoptar la forma de una disciplina de marcado carácter sexual.
El código de conducta para los novicios era meticuloso. La vida en la celda implicaba un conjunto de prácticas como, por ejemplo, cargar la bolsa de los visitantes, ceder el paso, sentarse con los visitantes, en constante vigilancia en razón de la sexualidad que se ocultaba en su interior:
“La trampa que el demonio tiende a la humanidad, especialmente a los jóvenes, es el cuerpo. Acostumbra tus ojos a no
mirar nunca el cuerpo de ninguna persona, ni siquiera, si es posible, el tuyo propio.
Nunca digas a nadie: Coge la sabandija que tengo en la barba.”
Prácticas fuertemente prescriptivas acerca de la “entrada al mundo” de estos jóvenes se detallan en este capítulo:
“ Con las rodillas juntas, las túnicas cubriendo los pies, los cinturones bien apretados para impedir que las manos se extravíen durante la noche, los jóvenes monjes entraban al mundo con los ojos bajos, teniendo cuidado en no comer nunca en compañía de ninguna mujer.”
En el mismo capítulo, Brown describe a las vírgenes de la Iglesia como muchachas jóvenes casaderas, con amor hacia la idea de la virginidad que permanecía latente en el fondo del corazón de todos los niños cristianos que actuaban sin libertad. La familia decidía la suerte de las jóvenes, ser “esposa de Cristo” era ser ex voto humano, ya no seguía siendo una mujer. Los parientes tomaban la decisión en función de conseguir alguna ventaja material. La madre podía también cambiar el voto, decidía casar a la hija y ofrecer a Dios el voto formal de mantenerse viuda. El autor cita a John Boswell y Cynthia Patterson señalando que los niños varones considerados útiles, se entregaban a amigos para que los criaran. Existía un paso muy pequeño entre dar los hijos a un amigo y consagrarlos al monasterio local.
En el capítulo “De Ambrosio a Agustín” el nacimiento virginal de Cristo aparece acompañado de la noción de inmaculado, sin cicatrices de la relación sexual. Contrapuesto con el nacimiento humano y la concepción que estaban asociados a una serie de manchas, de contagio: estas manchas indicaban la índole antiespiritual del coito. También el bautismo infantil en las iglesias se consideraba parte del contagio.
En relación al cuerpo, Brown advierte la consternación que su indeterminación producía. El cuerpo de los hombres jóvenes ya no podía disfrutar del ludus, período bisexual que se permitía antes de que la sociedad pusiera al joven en el lugar de estadista casado. El cuerpo se consideraba un templo, las relaciones sexuales se limitaban a la función de engendrar hijos con personas del sexo contrario.
Los hijos, ya no se hallaban en zona neutral aguardando que la familia decidiera si eran relevantes o no para la sociedad. Temas como la anticoncepción, el aborto y la exposición de los hijos quedaban condenados.
En el siglo VI, el antiguo derecho del padre romano a decidir si deseaba aceptar o no el hijo recién nacido se mencionaba como una costumbre pagana. La vida conyugal se vio influenciada por la importancia dada al papel de Dios en la formación del hijo en la matriz. Se consideraba que el acto sexual escapa al control racional y quizá esto lleva a rechazar la fantasía de una sexualidad eugenésica. Se creía que aquellos que copulaban los días de abstinencia, engendrarían leprosos y epilépticos.
En tiempos de Agustín, las costumbres contra las que tenían que luchar los hombres y las mujeres jóvenes, en Roma y en el sur de Italia, eran las creadas por la posesión de una enorme riqueza, por el peso aplastante de las expectativas sociales, y por la avaricia y la crueldad ligadas al ejercicio del poder. Este era un ambiente muy distinto del mundo en que se había educado Agustín, quien dedicó mucho tiempo de su vida a defender el punto de vista de que las relaciones sexuales eran una “sombra en miniatura de la muerte”.
La confirmación de los vínculos ideales entre la madre y el hijo (en clara alusión a Cristo y a María) afectaba particularmente a una sociedad que ya no se consideraba una asamblea de ciudadanos, sino un conglomerado de familias devotas, compuestas de madres, padres e hijos cristianos.
Ana María Aspe y Susana Da Luz

jueves, 30 de agosto de 2007

Resumen de Nacimiento y crianza en el Imperio romano (Ana María)

Nacimiento y crianza en el Imperio romano[1]

Nacimiento y adopción
El nacimiento de un romano no se limitaba al hecho biológico. Eran aceptados en sociedad por una decisión del jefe de familia. Existían dos formas de tener hijos: engendrarlos o adoptarlos. Estas prácticas evitaban la extinción de la estirpe y permitían convertirse en padre de familia que era una exigencia para los candidatos a los honores públicos y al gobierno de las provincias. El que venía al mundo se convertía en hijo si el padre aceptaba tomar, levantar al recién nacido del suelo- donde era colocado inmediatamente luego de salir del vientre materno- y reconociéndolo rehusaba así a exponerlo.
Otra estrategia dinástica era la adopción, el niño adoptado tomaba el nombre de la familia de su nuevo padre.
El presunto instinto materno o paterno era inducido por la moral vigente que enseñaba a los padres a amar a sus hijos como continuadores del nombre familiar y del prestigio de la estirpe.
La criatura que su “padre” no hubo levantado, sería expuesta en la puerta del domicilio o en los basureros públicos. Tanto la exposición como el ahogo de los recién nacidos eran prácticas “racionales”, según Séneca, era “necesario separar lo bueno de lo que no sirve para nada”. Raramente sobrevivían. Era una práctica común debido a la pobreza de unos y a política matrimonial y patrimonial de otros destinada a solucionar problemas testamentarios. Dado que el padre tenía la prerrogativa de decidir la cuestión testamentaria y cada hijo que nacía rompía el testamento preestablecido, muchas veces se los exponía para no tener que desheredarlos antes de que nacieran.
El autor plantea que los pobres de entonces, a quienes compara con la clase media de nuestra época, exponían a los que no podían criar para no verlos echados a perder por una educación mediocre que los haría inaptos para la dignidad y cualidades excelentes correspondientes a un ciudadano romano. Los campesinos acogían y consideraban “hijos” suyos a los hijos que otros campesinos no podían alimentar, generalmente se convertían en esclavos de sus educadores y con el transcurso del tiempo en libertos.
Los hijos tenidos con una esclava no podían reconocerse, lo impedía el derecho, tampoco adoptarlos, sí darles la libertad.
Los bastardos adoptaban el nombre de la familia de la madre, no existían la legitimación ni el reconocimiento de la paternidad por lo que no tuvieron participación social ni política en la aristocracia romana.
No sucedía lo mismo con los libertos, ya que los hijos de sus antiguos esclavos, tomaban como nombre de familia el del amo que los había liberado, continuando su estirpe.
Funcionaba la vos del nombre familiar y no la vos de la sangre. Así las adopciones y el ascenso social de los libertos compensaban la débil reproducción natural.


Crianza y Educación: Desde el nacimiento hasta la pubertad nodriza y pedagogo (criador, nutridor) tenían a cargo la educación de los hijos de las familias acomodadas. Nodriza, pedagogo y hermano de leche constituían una vicefamilia, vivían con ella pero cenaban con sus padres e invitados, ya que la cena tenía un aspecto ceremonial. La vicefamilia estaba a cargo de una mujer vieja y severa, por lo general la abuela paterna, a quien se confiaba toda la progenitura. Ella reglamentaba sus estudios, juegos, obligaciones. Las abuelas paterna y materna tenían roles bien diferenciado La moralidad de la época planteaba que si los niños se criaban con los padres recibirían lecciones de “molicie”, por lo que el fin teórico de la educación tenía como objetivo adquirir la energía necesaria para resistir al vicio, para templar el carácter.
La crianza y educación deban cuenta de las ideas sobre la naturaleza del niño. Séneca afirmaba que “la severidad de los padres frente al carácter dúctil de los niños, favorece que aprendan lo que les beneficiará”. Se practicaba una ortopedia del cuerpo infantil .Se los fajaba estrechamente para que el cuerpo inmaduro y deforme se desarrolle correctamente, y luego se les inculcaba la cultura propia de los hombres libres, aplicando el recurso al miedo cuando fuera necesario, con el objetivo de fortalecer la “musculatura del carácter”. Un niño bien educado sólo dirige la palabra al padre. Hay una gran distancia entre padres e hijos.
A los doce años se separaban los varones de las mujeres, así como los ricos de los pobres, división que representaba una transmisión de signos. Los varones abandonaban la enseñanza elemental y a los catorce se afeitaban el bozo y abandonaban la vestimenta infantil. Si eran de familias acomodadas continuaban estudiando con un profesor de gramática, a los clásicos y mitología. Las chicas a esa edad ya estaban en edad núbil y a los catorce ya eran adultas. A veces su padre les ponía un preceptor, pero generalmente eran destinadas al aprendizaje de la cultura del entretenimiento, canto música y danza.
Un sentimiento de distancia separaba a los “bien nacidos” de sus inferiores. La cultura y la educación moral marcaban esa distancia. La educación confiaba al niño a la ciudad y no a la escuela. El cuerpo era una manifestación de un adecuado comportamiento.
En la adolescencia la educación tenía como fin embellecer el espíritu, cultivarse en las bellas artes, adquirir prestigio.
La educación monástica que sobrevendría a fines del siglo IV pondrá en cuestión el papel de los espacios públicos (foro) como lugar fundamental de socialización de los jóvenes varones.
No existía la mayoría de edad legal, no se hablaba de menores, sino de impúberes. El padre tenía derecho sobre la vida del hijo. Ser hijo era una forma de servidumbre que finalizaba con la muerte del padre. No podían liberar a un esclavo, ni testar, ni hacer carrera sin el consentimiento de su padre. Sólo eran dueños de un peculio exactamente igual al de un esclavo. Los únicos romanos que eran personas con plenos derechos eran los ciudadanos libres, huérfanos o emancipados, padres de familia casados o no, y dueños de su patrimonio, al que sólo accedían con la muerte del padre.



Bibliografía consultada
Veyne, Paul, (1990), “El Imperio Romano” en “Historia de la vida privada. Imperio romano y antigüedad tardía” ,Ariès Philippe y Duby,G, directores, tomo I Ed. Taurus, Argentina

[1] El presente comentario abarca aspectos de la vida privada del imperio romano durante el paganismo y abarca dos siglos antes de la llegada del cristianismo